Llegar a casa

No hay mejor manera de recompensar un duro día de trabajo que llegar a la casa y que me reciba una muda y enorme sonrisa que siempre viene acompañada de unos saltos de emoción.

Por estos días estoy viviendo las frutas inmaduras del doctorado, y cuando mi alarma suena a las 5:00 no me importa si estoy en la mitad de mi momento productivo, salgo como quien espanta un loco (aka. pedo) agarro mi chaqueta, mi maleta, me monto en mi bicicleta y pedaleo rumbo a mi casa. Allí me espera ese pedacito de ser humano para que juegue con el , le de la cena, un baño caliente (asistido de papá), un poquito de comidita reconfortante, si el tiempo y el sueño lo permite, un poquito de tiempo-nuestro pegado a mi pecho, y a dormir en la camita.

Cada día de trabajo, aspiro a esas dos horas de la tarde, donde puedo meter mi nariz entre esos plieguecitos del cuello, olerle la cabeza, darle picos en los cachetes, pasarle mis manos para que juegue con ellas, que me haga “masajes” en la cabeza, me “acaricie” el pelo, y me de “besos” en donde aterrice esa boquita. Hacerle cosquillas, sobarle los piecitos y contarle los dedos, leer un cuento, leer otro cuento, cantar entre medio, arrastrarnos por la sala, jugar con el sonajero, poner a sonar una y otra vez el mismo juguete con la misma melodía.

Si antes me gustaba llegar a casa, ahora me gusta más. Ver esa expresión de genuina felicidad es como si el también hubiera estado contando las horas.

collage

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