Cursos en línea o ir a la Universidad

La educación en línea ha sido, en mi opinión, uno de los mejores usos que se le ha dado al internet. Uno puede aprender de todo, desde cursos informales como tutoriales caseros, hasta certificaciones universitarias.
En un caso particular, cursos en línea han permitido que muchas personas desde diferentes ubicaciones geográficas y con diferentes posiciones económicas, adquieran educación formal con calidad de universidad. Algo que muchos no hubieran si quiera soñado tener.

Estudiar en línea tiene enormes ventajas: la posibilidad de tomar cuantos cursos uno quiera, estudiar en el horario que uno pueda, y sobre todo una variedad de fuentes de donde uno puede aprender desde la comodidad de tu casa. Una persona que cuente con suficiente autocontrol para se constante y honesto en sus cursos en línea goza de todas la ventajas sin duda.

Sin embargo, aunque soy una fiel partidaria de la educación el linea, creo que no es para todo el mundo, y estoy convencida de que bajo las circumstancias de lo que es posible (económica y geográficamente), la educación presencial deber estar de primera línea en la decisión de un recién graduado de colegio.

Valga la aclaración que mi pensamiento viene de una posición privilegiada en la que tuve la oportunidad de ir a la universidad (*ahem* SIGO en ella). En mi época de pregrado no habían cursos en línea así que no había esa opción. Hoy día es diferente, y la verdad es que los cursos en línea son convenientes y económicos. A raíz de eso es que hago esta reflexión (bueno y por aquello de que el caso me toca cercano al corazón por cualquier cantidad de frentes).

Mi posición se reduce en una sola característica: las incontables e impredecibles oportunidades de interacción social que ocurren en una universidad, cosa que los cursos en linea nunca van a tener aunque pongan video conferencia o chats.

Hay un valor innegable que resulta de las interacciones sociales. Cuando uno tiene 17 años y acaba de salir del colegio, uno ha vivido en una burbuja escolar completamente dirigida por la junta de padres, el consejo de profesores y el ministerio de educación. Leer libros, hacer tareas, sacar buena nota. El círculo social del colegio se componen de unos profesores (que uno no admira ni aprecia mucho—por cosas de la edad) y un grupo de compañeros de colegio que han vivido lo mismo que uno, osea básicamente nada.
Todo eso cambia por completo cuando nos llega la hora de ser adultos y enfrentarnos al mundo real. La universidad te lleva a una sociedad con personas de todo tipo de familias, culturas, tradiciones, posiciones economicas, experiencias y edades. Por cosas de la edad, uno empieza a admirar y apreciar a sus profesores, y los compañeros de clase son tan variantes que de todos se aprenden cosas diferentes. Uno crea relaciones sociales.

Puedo decir que las conversaciones mas interesantes, mas enriquecedoras, y más fijadas en mi memoria no ocurrieron en su mayoría en un salón de clase. En la universidad no solo aprendí sobre mi profesión, sino también de manualidades, musica, deportes, artes, y de cómo hacer para que mis papás me dieran permiso hasta más tarde (nunca funcionó por cierto).

Mis relaciones sociales viven todavía. Esas relaciones son las que me abrieron puertas para estar donde estoy (Y yo se las he abierto a unos tres más). La universidad me enseñó de trabajo en equipo, de identificar el lastre, de priorizar mis actividades y mis responsabilidades, del valor de llegar a tiempo a clase. La universidad me mostró que los profesores también son seres humanos, y no solo una enciclopedia de información, y que ellos saben a veces más que los libros (ellos saben los trucos, las técnicas, el estilo). La vida de universidad me enseñó que en el mundo hay gente que no le gusta la computación y le tienen aberración a la programación (¿quien diría??!!). La universidad me enseñó tolerancia por las personas que no piensan como yo, no les gusta lo que a mi, y que toman decisiones que a mi no me parecen. La universidad me enserñó que el mundo está hecho de personas y que son las personas las que cuentan, y no sus titulos. La universidad nos prepara entre otras cosas, para la vida corporativa, no necesariamente en lo que sabemos, sino en quien somos.

En la universidad conocí gente con habilidades que nunca tendré, pero tuve la oportunidad de aprender de ellos las cosas que los apasionan. Hoy esas personas son profesionales, contactos de mis redes sociales, amigos que con la distancia se convirtieron en una foto de perfil, pero de los que aprendí muchas cosas. Nada de eso hacia parte de mi pénsum academico. La univesidad me llenó de historias para contar en agazajos sociales, como de aquella vez que nos quedamos trasnochando en las salas de computo y una chucha nos sacó pitados a las 3am, ah! y los apagones en la mitad del examen de algoritmos. Historias de eventos que de alguna manera me hicieron crecer como persona.

La universidad me enseñó (me sigue enseñando) pensamiento crítico, y no era un curso de mi pénsum académico, sino porque por 6 (más bien 17?) años tuve discusiones significativas e inteligentes con compañeros y profesores. No necesariamente en el salón, sino en la cafetería, en el teatrino, en “bienestar” (es un sitio—no hay que entenderlo para captar la idea), o a medio día de una bandeja paisa (o era una partida de pool?) en la “patada de la mula” (otro sitio—la idea es la misma).

No es el cartón lo que me dio la universidad sino convertirme en adulto responsable, profesional ético, hacerme un ciudadano del mundo, un ser útil para la sociedad. Sigo fiel partidaria de los cursos en línea, pero como muchas cosas en la vida, hay etapas que uno tiene que quemar, y para la vida universitaria, los cursos en línea es una forma de saltarsela. Y yo creo que no vale la pena saltarsela cuando se tiene la oportunidad de ir a la universidad.

Ah si, a muchos la universidad no les sirvió para nada… o al menos eso creemos. Pero nos sirvió a nosotros para al menos ver que no todos son como uno.

Y aquí una memoria en honor a la nostalgia (Lolo come chistris a las 3 de la mañana y un meteorito de boñiga viene a caernos)

Mini Me

Es una gota de agua… genéticamente hablando, su comportamiento, sus ademames, un muy marcado vestigio de mi personalidad, y ese loco amor por las crispetas.

Mi pobre esposo, que ahora tiene dos como yo. Con lo bueno y con lo malo.

Y los dos tragados de él

Mi doctorado en una analogía y eso de que “sólo sé que nada sé”

 

Mientras escalo la pirámide del conocimiento hacia mi doctorado, un camino en el que he tenido que aprender mucho sobre muchas cosas; me he encontrado con más momentos en donde he tenido que responder “no sé”. Entre más sé, más convencida estoy de que no se nada de nada.

Aquí va mi explicación sencilla, escalar la pirámide del conocimiento (ver nota abajo) no es muy diferente a escalar una montaña. A medida que uno sube el paisaje se hace más grande, el horizonte se aleja y la base de la montaña que vamos escalando queda en nuestros pies. Entre más arriba estás, mejor puedes ver que el mundo es más grande, ves lo que hay mas allá.

La pregunta sobre qué tanto aún queda por ver, se hace más y más grande. Desde arriba se ven otras montañas, conocimiento que aún no has explorado, y a veces esas montañas se conectan, se sobreponen, se separan. Escalar una montaña es hacerse humilde ante el conocimiento, y respetar que escalar una montaña no significa que las has escalado todas. Al fin de cuentas, desde allí no puedes ver cuántas otras hay. Escalar una montaña es aceptar que conocer sobre tu montaña no garantiza que la montaña vecina sea igual, que el camino es el mismo, o que el paisaje se verá de la misma manera. Esa montaña seguro esta tapando la vista a otras montañas y con emoción uno empieza a considerar ir a esa montaña vecina y empezar a escalarla también.

Para mi, responder con “no se” es aceptar las limitaciones de mi conocimiento, respetar que el conocimiento es más grande que lo que he podido abarcar, aceptar que nunca lo sabré todo, y por supuesto, reconocer que es preferible no saber, que suponer. Porque si algo he aprendido en la academia es que mi responsabilidad es mi credibilidad, y si digo saber algo, más me vale estar segura, porque no hay nada mas detestable en la academia que un petulante que se las cree saber todas.

Escalar la pirámide del conocimiento: No quiero limitarlo al hecho de recibir una educación formal, mucho menos aspirara un grado doctoral. El conocimiento se escala leyendo, conociendo, explorando, navegando las múltiples áreas y disciplinas de la humanidad. La forma en como se escala esa pirámide es independiente del propósito al que me refiero.

¿Es fácil entonces hay que hacerlo? yo digo No!

Vengo notando como cada vez somos bombardeados por todas partes con una cultura de lo fácil. Anuncios de propaganda por toda parte: baja de peso fácil, gana dinero fácil, con estos 10 tips lograrás _______  fácil, sigue esta guía y podrás ______ fácil.

Hemos reducido y puesto en un lugar completamente indeseado el hecho de conseguir y lograr las metas y los objetivos con verdadero esfuerzo, el valor del sudor de la frente, el tener que poner  aquí y sacrificar allá con el propósito de conseguir lo que queremos. Por todas partes se nos dice que si te estas esforzando lo estás haciendo mal, que tienes la opción de hacer las cosas sin esfuerzo.

¿Por qué?!

Si quiero bajar de peso tengo que hacer ejercicio, por meses! comer saludable por siempre, tener mejores hábitos de vida. Si quiero ganar dinero, tengo que ser consciente con la forma en la que gasto, buscar formas alternas de ingreso, crear, invertir, ahorrar. Si quiero ser famoso, bueno pues tengo que hacer lo necesario para poder resaltar entre la multitud. Si quiero una idea millonaria, tengo que invertir tiempo a pensar y pensar y pensar. Y si quiero se la mejor en una habilidad, tengo que estudiar, y practicar, practicar y practicar.

Me pregunto por qué queremos que nuestros hijos tengan las cosas fácil? Yo no quiero! Yo quiero que mis hijos no solo aprecien el esfuerzo de sus padres, sino que además comprendan que la vida está llena de esfuerzos de diferentes tipos, en todas las escalas, y que de vez en cuando a uno lo acompaña la suerte y las oportunidades inesperadas. Pero que no se sienten a esperar.

Pero nuestro peor enemigo somos nosotros mismos como padres. Queremos darles todo, queremos que disfruten de todo. Es un pensamiento optimista, lleno de buenas intenciones, pero un arma de doble filo.

Quizás mi posición suene hipócrita. Mis papás me dieron a mi y a mi hermana muchas cosas que ellos no tuvieron. Pero en mi defensa, no solo la forma en la que lo hicieron fue muy inteligente, sino que además ellos son mis papás, y la forma en como ellos decidieron criarnos fue de ellos, y de ninguna manera es o tiene que ser la mía. Naturalmente, esa forma a moldeado la persona que soy, pero también me dieron las herramientas para decidir por mi misma y ser diferente. Ellos me enseñaron a que tengo que ser yo misma, no ser como nadie más, incluso como ellos.

Mis papás en medio de darme todo lo que no tuvieron, me dieron algo mucho más grande, la enseñanza de que el esfuerzo tiene su recompensa, que las cosas no son gratis, que las cosas fáciles, fácil llegan y fácil se van. Mis papás nos dieron mucho, nos dieron todo, pero mientras nos daban, nos enseñaron que las cosas de la casa son de todos, que no hay que desperdiciar, que la comida no se bota, que el agua y la luz cuestan, que mamá y papá trabajan para poder mercar. Que si quiero comprarme algo, tengo que ahorrar. Que si voy a comerme algo tengo que pensar en los demás. Que hay que compartir. Que hay que ser considerados con todos en la casa. Y que la casa es de todos y todos tenemos que ayudar (si no va a recoger, no haga desorden)

Yo creo en el trabajo, el esfuerzo y la recompensa que los acompaña. Me enorgullezco de decir que llevo casi cinco año en un programa doctoral, de los cuales dos últimos años los he invertido (en mínimas dosis) tratando de escribir mi tesis, porque NO ES FÁCIL, ni escribirla, ni hacerlo en mis condiciones particulares de vida, y porque en esencia si fuera fácil todo el mundo tendría un doctorado. Me lleno de orgullo de tener la autoridad moral de decir que a vida no me ha regalado mis logros, que muchas de las oportunidades que se me han presentado las he aprovechado,  y que todo lo que tengo y todo lo que soy, ha sido producto de un incansable esfuerzo de mi parte, y una fe sin medida de mis papás: quienes todavía, a mis 33 años y en crisis de tesis doctoral siguen diciéndome que todo mi esfuerzo vale la pena y que lo voy a lograr.

Me retuerce por dentro cuando oigo personas esperar  algo rápido y de poco esfuerzo, dinero inmediato, fama de la noche a la mañana, o que aparezca una idea que los haga millonarios.  No niego que hay momentos, oportunidades, y golpes de suerte; y que el mundo esta lleno de personas excepcionales que logran con el aparente “poco esfuerzo” tener mucho, tener más que todos. De esos seres excepcionales nadie sabe a ciencia cierta lo que esas personas han hecho, sus esfuerzos, sus sacrificios, las horas invertidas. Nosotros solo vemos el final de sus metas: lo lograron, son famosos, son ricos, son unos genios. Me gusta cuando veo videos y testimonios de estos grandes del mundo, contar como iniciaron, contar como empezó todo en sus vidas, porque eso me ha dado perspectiva para entender que aún lo que son más y más tienen, han tenido que esforzarse.

El mejor jugar de fútbol lo es porque ha entrenado por años, por horas, y con dedicación. El mejor compositor del mundo, ha escrito cientos de obras, ha lidiado con el rechazo, y ha tenido que aprender sobre composición. El mejor escalador del mundo se levanta temprano y entrena y entrena. Los fundadores de las grandes empresas de tecnología empezaron tirando código hasta la madrugada, en un garaje, en un sótano, crearon miles de aplicaciones, crearon millones de lineas de código inútiles y perdieron mucho tiempo. Aún el youtuber más famoso, o el que tenga millones de vistas, pasa horas grabando, editando, y creando los videos, pensando en nuevos temas para sus videos, buscando maneras de llegarle a las personas (que algunos sean una completa basura es discusión para otro post, pero no puedo no mencionar que youtube está lleno de cientos de canales impresionantes, bueno, educativos, e interesantes).

Espero poderle inyectar a mis hijos que si quieren algo, hay que trabajar por lograrlo; y que nada está garantizado en esta vida, incluso sus padres. Espero darle a mis hijos las herramientas que mis papás me dieron a mi. Posiblemente llegue a ellos de otras maneras, después de todos, somos personas diferentes, en lugares diferentes y en tiempos diferentes.

Ser buena mala madre

Como hija yo pensaba (hace muuuucho tiempo) que ser buena madre era complacer todos mis deseos y necesidades. Luego, pero también hace tiempo, yo pensaba que ser buena madre tenía que ver con lo mucho o poco que mi hijo llorara.

Si, capitán obvio, ya se que no, pero hay sentimientos y expectativas con esto porque uno crece conociendo una sola familia: la de uno! que es lejos de perfecta, que la mamá de uno es la peor de todas, y que las mamás de los amigos de uno son las chéveres, dulces, buena gente y alcahuetas. Si, yo no tuve mamá alcahueta (yo creo que con mis tías era suficiente para una sobre dosis). Encima de todo uno ve películas, lee libros y conoce esas mamás de Pinterest que tienen tiempo para hacer de todo (EN SERIO!???? es tema para otro día) y uno allí en la casa con el chino llorando y haciendo pataleta porque la máquina de burbujas se le acabó el jabón y no hace más burbujas. En esos días uno se cuestiona.

Lo lindo de ver a mi hijo crecer, es realmente verlo. Y así lentamente en 17 meses ese ser que solo miraba al techo, ahora habla, grita, da besos, dice gracias, corre, hace pataleta y estoy convencida de que entiende lo que le estoy diciendo, lo que me hace sospechar de que incluso me ignora a voluntad. Y hemos llegado a ese momento en su vida donde el es extremadamente dulce y al mismo tiempo extremadamente cansón. Para él debe ser una frustración que su cerebro aún no sepa componer las palabras para pedirme algo y que en respuesta solo pueda grita ‘ete’ mientras llora y pataletea, señalando las 100.000 cosas encima de la mesa mientras yo le ofrezco una a una y el dice ‘no! ete’…… Ohmmmmm pacientemente paso por todos, hasta que llego a mi celular y digo, ‘no hijo, lo siento no te lo voy a pasar, este no es un juguete’ (ahhh lo que el quiere decir con ‘ete’ es ‘jugete’!!) y empieza el berrinche. Toda madre/padre se ha encontrado en la misma situación y hay dos opciones, (1) darle el celular para que deje el berrinche, o (2) aguantarme el berrinche. Mi vecina me ha preguntado en dos ocasiones que si mi hijo está enfermo o algo  porque lo oye llorar a diferentes horas. Como era de esperarse, en casa mi opción es la (2)—–usualmente.

Ja! me da risa que mi vecina, cuyo hijo es 5 días mayor que el mio debe pensar que soy la peor madre del planeta porque dejo a mi hijo llorar, pues cuando le dije que él estaba bien y solo era una pataleta, me dijo con cara de angustia que ella no dejaba llorar a su hijo, que ella no era capaz de oírlo llorar (y me detengo en los hechos sin juzgar).

La moraleja de mi historia es que, soy buena madre, así hayan cientos de personas en el mundo que crean que dejar a mi hijo llorar es un crimen. Mi hijo llora pero nunca por falta de atención o negligencia, si llora es porque o está en dolor (los niños se caen, se golpean y se enferman, así es la vida) o simplemente mami lo está disciplinando.

A mi me toca ser la mala del paseo… como me decía mi mamá.

Y es que con los niños uno tiene que elegir las batallas que va a pelear, cierto? si no, pues demalas, he perdido una que otra y ganado la mayoría, ser mamá es jodidamente duro y a la vez extremadamente maravilloso.

Aristóteles se retuerce en su tumba con esta contradicción (el que entendió entendió, cambio y fuera)

Por qué no hubo regalos bajo el árbol

Algo de remordimiento me golpeó ligeramente el 23 de Diciembre mientras coordinaba los últimos detalles de la cena de Navidad. “No le compré nada a mi bebé” — dije con algo de vergüenza y en voz alta. El sentimiento de culpa o remordimiento me duró todo el 24 de diciembre, especialmente cuando mis amigos aparecieron con regalo para mi gordo. Confieso que en ese momento me sentí mala madre. Pero el 25 llegó y a pesar de todo las cosas no están mal. Mi esposo no me ama menos porque no le compré algo, ni yo lo amo menos porque no me compró nada a mi; y ciertamente mini-me no exhibe ningún síntoma de trauma. Me mantengo firme y sigo creyendo que nuestra decisión de no comprar regalos esta Navidad fue la correcta para nosotros en este momento, y que intercambiar regalos con los amigos fue una excelente idea para celebrar esa noche.

Escribo esta entrada porque inevitablemente la pregunta de “Por qué?” ya existe en las mentes de quienes nos conocen, pero que hasta ahora nadie se atreve a hacer (lo cual agradezco porque es una pregunta hacia lo privado y ya saben cómo soy con eso). Sin embargo, aún cuando los detalles de nuestra decisión sean una cosa de pareja y es más complejo de lo que quiero realmente explicar, siento la necesidad de compartir mi tren de pensamiento para quien esté interesado con el riesgo de que a falta de detalles muchas cosas sean mal interpretadas.

AVISO IMPORTANTE: Abuelos, abuelas, tíos, y tías, no tenemos problemas de dinero ni somos unos tacaños, perezosos o desalmados, no estamos peleados con nadie, no amamos menos a nadie, y ciertamente no creemos que nos merecemos un carbón. Ha sido un buen año, lleno de muchas y nuevas aventuras para todos. Regalos hemos comprado durante el año a medida que la oportunidad y la ocasión se han presentado. A nadie le falta nada material o espiritual en casa. Así que tranquilos, es una decisión al largo plazo, filosófica y de fondo.

Amigo lector, mientras lee esta entrada tenga en cuenta que soy una persona de decisiones al largo plazo, que este no es producto de un impulso, que esta es una de esas cosas que trascienden más allá de una sola fecha, y sobre todo, SOBRE TODO, que se que muchas personas opinan diferente a mi y aquí no estamos juzgando a nadie.

Hay dos motivaciones: la primera, mi eterna cruzada personal con las celebraciones comerciales (amor y amistad, día de la mujer, navidad) y la segunda, mi deseo de darle a mi pequeño humano un conjunto de herramientas y de principios para que sobreviva en el mundo que se va volviendo cada vez más materialista, consumista y superficial. Lo se, en principio la medida suena drástica, pero con el tiempo la vamos a ir ajustando y estoy convencida que a este punto no estoy creándole ningún trauma. Para aquellos que están preocupados por el futuro social de mini-me, tranquilos que tampoco voy a hacer de mi hijo un paria social, en el futuro habrán regalos, cuando sea el momento y por aquello de mantener la magia de la Navidad. Como dije, es un plan al largo plazo y no de una sola fecha.

El significado de un regalo

Según la RAE, un regalo (que viene de la palabra regalar) es

Dar a alguien, sin recibir nada a cambio, algo en muestra de afecto o consideración o por otro motivo.

La sola definición me parece muy bonita, muy acertada, y la que me gustaría inculcarle a mi hijo. Aquí está mi conjunto de principios al respecto:

  • Dar un regalo es porque nace del corazón, teniendo siempre por delante lo que la otra persona (o personas) le gusta, quiere o necesita.
  • Los regalos no son imposiciones, así que no debe esperar de otros un regalo y mucho menos medir el amor basado en eso.
  • Pedir un regalo a alguien es desconsiderado con las intenciones, el tiempo y el bolsillo del otro.
  • Los regalos no son buenos o malos, son muestras de afecto y se deben recibir como tal.
  • Los regalos no miden el comportamiento del año ni debe ser el objetivo para portarse bien.
  • Siempre se debe dar las gracias cuando se recibe un regalo.
  • Los regalos tienen diferentes significados para las otras personas y hay que aprender a conocerlas y respetarlas.
  • Los regalos comprados no son mejores que los hechos y viceversa, simplemente porque no hay mejores regalos que otros.
  • Dar regalos no es una competencia de quien ama más.

Hecho o comprado

No todos (y no siempre) tenemos la habilidad, dedicación o simplemente el instinto de hacer algo con nuestras propias manos y preferimos ir a una tienda a comprarlo, es perfectamente normal, aceptable y no es mi punto. Mi punto es que hacer regalos es una actividad que prefiero compartir y desarrollar con mi pequeño. Hay cientos de oportunidades para mi en esa actividad aparentemente tan básica: compartir tiempo juntos, uso de la creatividad, valor por el esfuerzo realizado, complicidad en hacer algo de sorpresa, habilidades manuales, orgullo de la tarea cumplida, autoestima al recibir el aprecio por lo hecho, empatía por lo que el otro puede gustarle, entre muchas otras relacionadas con el desarrollo de la persona. Parece insignificante, pero creo que el que un niño haga un regalo tiene muchas repercusiones sociales positivas.  En el proceso de dar regalos en épocas como la Navidad planeo involucrarlo en hacer algo manual en lugar de llevarlo conmigo a un centro comercial a escoger algo.

La magia de la Navidad

La Navidad culturalmente viene asociada con un “si te portaste bien recibes regalos” y la verdad es que quisiera no seguir con esa tradición. La navidad entre otras cosas la veo como una oportunidad para compartir, pasar un buen rato, y ser felices. Estar  lejos de nuestras familias (y a su vez de nuestras tradiciones) nos ha dado la oportunidad de decidir sobre nuestras propias tradiciones y las que van asociadas al país al que ahora llamamos hogar. En los últimos años, hemos jugado “amigo secreto” lo cual tiene un propósito muy divertido de darnos regalos mutuamente pero de manera aleatoria. Ese juego tiene muchas cosas positivas, por un lado esta la complicidad de que nadie sepa a quién le vas a dar el regalo; y la otra es el misterio de averiguar qué se le puede regalar a esta persona misteriosa.  En términos de mini-me creo que vamos a irnos por el lado de las tradiciones locales, en donde los niños escriben cartas a Santa (Canada Post tiene un servicio y es espectacular pues reciben por correo respuesta de Santa!) y son motivados a no solo pedir regalos, sino de dar gracias, contar sobre ellos mismos, hablar de sus sueños y de lo que los hace felices y adjuntan un dibujo que ellos mismos hacen como un regalo para Santa. También a medida que mini-me va creciendo he pensado en hacer de la navidad una oportunidad para dar (inspirada por una historia vista por ahí). Dar es fomentar simpatía y solidaridad por otros.

No es comprar por comprar

En casa él y yo usualmente no esperamos una fecha para comprarnos (ni a los mini-us) algo que queremos/necesitamos y tampoco somos de los de comprar y esperar a la fecha para darlo. En esa línea de acciones, llegó diciembre y a ninguno le falta nada afortunadamente, lo cual simplemente deja con que todo el año estuvimos pendientes de cubrir deseos y necesidades de todos en casa, llenando momentos aleatorios de sorpresas, alegrías y ese sentimiento de recibir algo completamente inesperado como una muestra genuina de afecto.

Vamos a ver como nos va en la siguiente Navidad!

Molinos de Viento para Javier

Esta mañana amanecí pensando en Javier. Era el 16 de Febrero de 2002. Por fin mis papás habían alcanzado su sueño de tener casa propia (tras padecer en el fiasco del UPAC en Colombia que atentó con ese sueño de tantas familias incluyendo la mía), la casa sin embago estaba pasando por remodelaciones y no habíamos podido mudarnos hasta ahora, estaba terminada pero deshabitada. Dos días después de mi cumpleaños mis amigos de la universidad planearon para mi una celebración, en complicidad con mis papás, para hacerla en la casa vacía. Celebrábamos mi cumpleaños #18.

En mi familia Javier pasó a la historia como el “muchacho del collar”. Era un collar de pepas cafés (algunos dirán que eran negras— tengo problemas con esos tonos oscuros), medio gargatilla, medio alterno. Javier era un tipo metalero que nada tenia que hacer entre nosotros, una partida de merengueros, salseros y vallenateros. Pero era uno de nosotros. Javier pasó por mi vida como un amigo incondicional, de ese que siempre estuvo allí, incluso cuando no tenía por qué estar. Javier me enseñó cosas que enseñan las malas amistades, y con su complicidad quemé etapas de la universidad. Javier era el picado a rebelde en nuestro grupo.

Los recuerdos con Javier se me han ido desvaneciendo con el tiempo. A veces me pongo a pensar en mis años de universidad y pocos momentos se me vienen a la memoria con buen lujo de detalles. A Javier lo recuerdo en las buenas, en las malas, y en infinidad de trasnochadas. Javier sabía cómo hacernos reír, sabía como consolarnos cuando el mundo se volcaba contra nosotros. El tenía las palabras precisas en el momento adecuado. Y cuando no, entonces estaba allí para abrazarnos. Para Javier yo era ‘otro man más’ como solia decirme y creo que eso hizo que no se cohibiera al ponerme los puntos sobre las íes.

A Javier lo perdimos de la manera mas inesperada. Al menos inesperada para mi. Para cuando el murió el y yo ni siquiera nos hablábamos. La diferencia de opinión entre mis amigos y yo sobre mis decisiones abrió, por la época antes de su partida, una brecha que nunca se volvió a cerrar para algunos de nosotros. Pero así es la vida, y no podría cambiar ninguno de esos momentos de mi pasado (bueno, excepto uno).

Hoy por alguna razón amanecí pensando en él. Y mientras iba en el bus de la mañana contemplaba mi vida presente y pensaba que sería de él si pudiera hablarle hoy día. Me preguntaba si por fin abria acentado cabeza, si habria conseguido un trabajo de programador en una empresa y se vestiría de camisa de botones y pantanlones serios. Me imagino que todavía viviría con su mamá, porque se lo importante que era ella para él y lo mucho que ella contaba con su compañía. Me pregunté por su hermanito, que ahora debe ser un muchacho de ventitantos. Pensé que quizás en sus sabados, perdía la camisa y se ponía su camiseta negra metalera y todavía seguiría tocando en la guitarra canciones de metal. Quizás hubiera partido de Colombia y viviría fuera. Quizás….

Los recuerdos de Javi se me van desvanciendo con el tiempo, solo quiero retenerlo en mi memoria un poco más. Mago de Oz toca “Molinos de Viento” mientras pienso en él.

La cocina de Garbancito

“Si mi hermanito fuera mujer te diría que sos muy sexista” Me dijo J cuando llegué a la casa con la cocina y el set de platos y ollas rosadas y moradas. Es curioso como nuestro instinto nos hace reaccionar. Ese instinto viene en parte de las cosas que nos dicen de niños y cómo éstas resuenan a medida que crecemos.

A garbancito le compré una cocina de juguete (de segunda porque las nuevas son ridículamente caras),  y un set de ollas, platos, cucharas, vasos. Pero eso no es todo.

Tiene una escoba, y a su manera el también barre y trata con su mejor esfuerzo de poner la basura en el recogedor , así sea para esculcarle lo que hay adentro y en un movimiento ninja tratar de meterselo a la boca (lo sé, que asco!).

Compré un banquito para que el se suba (realmente es para mi para alcanzar las cosas altas de la cocina jeje, nadie sabe para quien trabaja) y lo dejo acercarse a mi cuando estoy lavando los platos, e incluso acompañarme en la cocina cuando preparo algo (siempre y cuando no lo ponga en peligro obviamente).

Me gusta llevarlo a donde está la secadora, y aunque el no siempre coordine conmigo en la dinámica de cuándo es momento de meter o de sacar la ropa, me gusta que el esté allí viéndome sacar, doblar y organizar la ropa limpia.

Siempre que voy a limpiar el polvo o algún reguero traigo dos trapos conmigo, uno para él y otro para mi. Y aún cuando en ocasiones el en lugar de limpiar termine haciendo mas grande el reguero, dejo que el se involucre.

Tradicionalmente, en algún lugar de mi cerebro, lo que aprendí de niña me dice que  niguna de estas cosas las debería hacer con mi hijo varón, porque se supone que es cosa de niñas. Afrotunadamente soy mas inteligente que mis instintos. Después de todo mi responsabilidad como mamá no es criar un buen hombre, sino a un buen ser humano, que sea empático, compasivo, solidario, respetuoso, responsable y amoroso. Cocinar no tiene nada que ver con su sexo, e involucrarse con las tareas del hogar es parte de tener una sana convivencia.

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He cambiado

Siento que en los últimos cuatro años he experimientado un crecimiento en todas las dimensiones de mi persona. Me siento más culta, más inteligente, cada vez me siento mas atraída por leer libros interesantes que alimenten mi curiosidad intelectual. Nada que ver con mi profesión, por el contrario, en mi constante vida con las máquinas, mi hambre por conocer se ha movido hacia los lados del comportamiento humano, y como toda mujer de ciencia no puedo evitar vivir mi vida como si viera un tubo de ensayo; observar, medir, analizar y concluir.

Abrí mi mente a leer las noticias internacionales, a interesarme por conocer acerca de las decisiones de las personas alrededor el mundo, a entender como en algunas culturas los matrimonios arreglados aún son populares y cómo en otras la religión aún se involucra en los asuntos civiles de los ciudadanos, y más aún cómo en ambos casos todos tienen la razón y la verdad, aún cuando su punto de vista sea el más retorcido a mi parecer. Busco tener compañía con quien pueda establecer conversaciones inteligentes, cultas, y sobre todo respetuosas. Mi círculo social se quiere mover con mi deseo intelectual.

Estoy en ese momento en donde mi vida se ha separado suficiente de las de mis amigos al punto que siento que es momento de conocer otras personas.